Cuando la amistad entra en esa fase en la que no tienes que levantarte antes que tus invitados para vestirte, ponerte presentable y preparar el desayuno, puedes ir en pijama e incluso encontrarte mal sin sentirte culpable, entonces has llegado a un punto precioso con esa otra persona.
Cuando, con una sola frase te sitúa en el momento en el que estás, o te devuelve lo mejor de ti dándote la perspectiva de que cualquier tiempo pasado fue peor, esa es una buena amistad.
La que te recuerda el recorrido de tu vida y te hace valorar todo lo que has conseguido, ya que uno mismo, con el día a día, es muchas veces incapaz de verlo.
La que te dice, como a los niños pequeños: «¡Cuánto tiempo sin vernos!,¡Cómo has crecido!» y tu respondes «¿Quieres decir? Yo es que me veo cada día».













